
Durante el primer día del retiro en la Iglesia Emanuel de Chile, se vivió un tiempo de gran gracia a través de cada oración, cántico y lectura de la Palabra. La primera enseñanza estuvo a cargo de Keyla Moreno, quien tomó Mateo 6:9–13 como pasaje bíblico principal. A partir de este texto, se presentó la oración como una comunicación profunda y continua con Dios, fundamentada en la fe, la confianza y la dependencia de Él. Se enfatizó que orar no consiste meramente en pedir, sino también en adorar, dar gracias, confesar, entregar las preocupaciones y buscar la guía, la sabiduría y la comunión con el Padre.
A través del Padre Nuestro, Jesús enseñó un modelo de oración que comienza reconociendo a Dios como Padre celestial, santo y soberano, y dirige el corazón hacia tres prioridades fundamentales: «santificado sea tu nombre, venga tu reino, hágase tu voluntad». De este modo, se destacó que orar no significa imponer deseos personales, sino aprender a someter la voluntad humana a los propósitos de Dios, confiando en que sus caminos son más altos que los nuestros. En este sentido, el retiro busca formar personas de oración: creyentes que no repiten palabras mecánicamente, sino que se acercan a Dios con un corazón sincero y perseverante, plenamente conscientes de su dependencia de Él y buscando que su nombre sea glorificado y su voluntad se manifieste en sus vidas.
A continuación, la segunda enseñanza fue impartida por Jonathan Colipí, quien basó su mensaje en Mateo 6:11: «Danos hoy nuestro pan cotidiano». Mediante esta enseñanza, se explicó que Jesús invita a los creyentes a poner a Dios, su reino y su voluntad en primer lugar, y luego a presentarle sus necesidades diarias. Dios enseña a sus hijos a depender de Él cada día, confiando en que Él conoce y provee lo que necesitan. El pan representa todo lo necesario para la vida: alimento, trabajo, recursos, un hogar y la fuerza para seguir adelante. Pedir el pan cotidiano significa aprender a confiar en Dios en el presente, sin permitir que la ansiedad por el mañana domine el corazón. Asimismo, se enfatizó que confiar en Dios no significa permanecer pasivos, sino asumir la responsabilidad de lo que debe hacerse: trabajar, esforzarse y cumplir con las obligaciones diarias, depositando al mismo tiempo la confianza en la provisión y la fidelidad de Dios. La enseñanza también animó a los creyentes a mantener un corazón sincero ante el Señor, presentándole sus preocupaciones, necesidades y dificultades, y permitiendo que Su Palabra los transforme desde el interior y los guíe a vivir con humildad, fe y gratitud.
Finalmente, se recordó a la iglesia que la provisión de Dios no tiene como único fin el bienestar personal, sino también convertir a Sus hijos en instrumentos de bendición para los demás. Los tres panes mencionados en la enseñanza sirven para recordar que los creyentes no deben pedir solo para sí mismos, sino estar dispuestos a compartir con quienes tienen necesidad. Dios bendice a Sus hijos para que ellos puedan bendecir, alimentar, ayudar y servir a otros. Por tanto, la oración no debe limitarse a decir «Señor, dame», sino transformarse en «Señor, dame para que pueda compartir». Con perseverancia, los creyentes están llamados a pedir, buscar y llamar, confiando en que su Padre celestial escucha sus oraciones. Sobre todo, se destacó que el mayor regalo que Dios otorga no son las posesiones materiales, sino Su presencia y el Espíritu Santo. Así, cada día, los creyentes pueden acercarse a Dios con fe y gratitud, reconociendo su dependencia de Él y aprendiendo no solo a recibir Su provisión, sino también a compartirla con los demás.